Canes

El último temporal había volcado todas las papeleras, llenando el suelo de pequeñas bolsas plásticas con excrementos caninos en su interior. Una escena de lo más normal en la ciudad condal, a no ser por el cuerpo recién estampado en la acera de Carmen; su cuarto piso estaba mucho más alto de lo que parecía.

5

Nos dedicábamos a sentarnos
en cualquier rincón
y beber refrescos de cola
y comer pipas.

La gente nos miraba al pasar
y nos trataban como a delincuentes,
pero nosotros nos reíamos de todos ellos,
nos reíamos de sus putos trabajos malpagados,
nos reíamos de sus putas hipotecas
y de sus deudas bancarias.

Follando

   —¿Y cómo a podido ocurrir? —Preguntó él.
   —Follando, Raul —contestó ella—. Follando.
   Los dos se quedaron mirando aquel test de embarazo, el más barato que habían encontrado en la farmacia. Sin ningún contacto físico ni emocional; sin ninguna ilusión en sus miradas.
   —Quizá no sea cierto —dijo él—, estos trastos a veces fallan.
   —Puede ser. —Dijo ella, antes de salir corriendo para vomitar en el baño.


Por fin ha llegado Odio a la biblioteca Can Salvador de la Plaça de Calella.



Sin pensar en suicidio

No es tan sencillo
vivir con la muerte
sobre los hombros,
intentar dejarla atrás
sin conseguir que cese
de pisarme los talones,
notar su frío beso
de buenas noches cuando me duermo
y tenerla esperándome al despertar
con la ropa preparada

No es cosa de maricas

Germán limpió el vaho del espejo con la toalla que había utilizado para secarse, esta dejó unas finas líneas de diminutas gotas a lo largo de toda la superficie. Era un baño pequeño y después de cada ducha el vapor se adhería a las baldosas ennegreciendo de moho las juntas de estas. Germán se afeitó como tenía costumbre hacer después de cada duchaba, gesticuló un par de veces frente al espejo mientras se ponía el after shave dándose unas ligeras palmadas en la cara. Peinó su cabello hacia atrás pasándose varias veces el peine por la cabeza, trazando largos y lentos movimientos que iban desde la frente hasta la nuca y asegurándose de que cada pelo quedase en su lugar deslizando la palma de la mano tras el peine. Era un hombre de costumbres, y siguiendo estas costumbres —como si el destino del universo dependiera de ello—, se perfumó con la colonia que siempre le regalaban sus hijos por el día del padre y se sentó desnudo en el inodoro mientras observaba el

Carapapel

4

Capas de ropa.
Duerme el indigente
en el cajero.

Pequeñas variables

Era esa época en que el invierno se agarra a un clavo ardiendo mientras la primavera entra perezosa, incluso las golondrinas se estaban haciendo de rogar ese año, señal de que al frío le quedaban aun un par de semanas de vida antes de agonizar y dar sus últimos coletazos. Antón abrió un poco la ventana de la cocina, lo justo para permitir la ventilación del cuarto sin llegar a pasar frío, se agachó para acariciar al gato, que había entrado en la cocina nada más oírlo para darle los buenos días y llenó la taza de café sentándose en la mesa mientras abría el periódico por cualquier página, este era del día anterior, pero a Antón no le importó, pensaba que la vida no era más que un presente continuo y que las noticias se repetían día tras día diferenciándose las unas de las otras tan sólo por pequeñas variables que cambiaban ligeramente el resultado de la ecuación.
   —¡No lo entiendes o no quieres entenderlo! —le gritó Andrea desde la habitación—. Sigues portándote como si tuvieras quince años, Antón, ¿y sabes una cosa? ¡no los tienes, joder, hace mucho que no los tienes!

En la habitación

Entré en la habitación.
Estaba a oscuras.
Tú dormías de cara al armario.
La cadera me mataba.
Me senté en la cama
y escuché llover.



Poema 73

El insecto
corretea por el cristal,
lo chafo con un
dedo,
despacio,
me quedo inmóvil
mientras sus fluidos
impregnan mi dedo
y su temperatura se
desvanece en mi
yema,
su vida no vale
nada,
como la mía,
mientras juego
a ser Dios.

El gato suicida

Hacía apenas una hora que Jaime se había levantado. Desde la cocina le llegaba el ruido que este hacía mientras preparaba el desayuno. La habitación se iluminaba por la luz tímida y difuminada que apenas podía colarse por las rendijas de la persiana mal cerrada. Bajo las sábanas, Maite se resistió a abandonar su estado de aletargamiento hasta que el olor del café irrumpió en la habitación adueñándose de todo. Los domingos se habían creado para holgazanear lo máximo posible, o por lo menos, eso era lo que Maite se empeñaba en creer cada fin de semana y por supuesto, este no iba a ser menos. Sacó un pié para comprobar la temperatura ambiente, el frío le mordió la piel como una serpiente asustada provocando que lo metiera de nuevo bajo el edredón con la misma rapidez con que lo había sacado.
   —¿Has encendido la calefacción, cariño? —le preguntó a Jaime al mismo tiempo que se tapaba

Fragmento de Cuaderno de soledades

(...) Los bellos púbicos se entrelazan intentando crear una sola mata de cabello, el viejo observa ensimismado contornearse el cuerpo de la joven, piel blanca, pechos pequeños. Amparito mueve sus caderas despacio, disfruta del momento, le gusta sentir al viejo dentro de ella, el hombre la agarra por la cintura, sus manos curtidas contrastan con la piel de la joven, el animal olfatea el ambiente cargado de sexo tumbado en el suelo, sonido de mucosas rozando y gemidos.
   El viejo toca uno de los pezones de Amparito, la joven agacha su torso hasta meterlo en su boca, el viejo lo besa casi amamantándose; el perro duerme con el bozal puesto. Entrelazan sus dedos y la joven lo monta un poco más rápido. Una vieja habitación de pensión barata, un colchón con demasiados sudores absorbidos. Pecho pequeño y piel blanca, el viejo se corre, el perro se despierta y ladra a los gemidos; la joven se tumba sobre el viejo y muerde uno de sus
Con el escritor Javier Pintor Muñoz.


2

En la estación
todos marchan para no
volver nunca más.

1

Contra naturam
los postes eléctricos
rompen el cielo.
Promoción Lenguas de Lava.


Secreción del olvido

Me arranco los pensamientos a manotazos
siendo fiel a la costumbre de martirizarme
con mi propia angustia,
no hay nada nuevo en todo esto,
nada creció de lo que sembré
en esta tierra yerma que es mi existencia,
solo tierra seca agrietada
y pasos,
pasos enloqueciéndome con su sonido.

La tómbola

Ni siquiera sabía por qué la había llevado ahí. La verdad es que no le gustaban las ferias ambulantes, siempre las había considerado una horterada, una muestra física que representaba a la perfección esa España de pandereta que él tanto odiaba. Si se ponía a pensar, no le habían gustado ni de pequeño, cuando la llegada de una feria ambulante resultaba ser una verdadera revolución en aquel pueblo de pastoreo —que intentaba integrarse en la civilización— donde se había criado. Todos los niños enloquecían y corrían detrás de los remolques de los feriantes cuando éstos cruzaban por el camino principal, y una vez estacionados en el lugar perfecto, los niños se amontonaban a una distancia prudencial para espiar con gran interés como los feriantes se apresuraban en el montaje y preparativos de lo que, por la noche, sería la gran feria que alegraría el pueblo durante los días de fiesta. Pero él nunca se acercaba a aquellas viejas carrozas o rulots desgastadas por el paso del tiempo y lo
Escribiendo a nadie le importa que sangren las flores.




La bolsa de caramelos de menta

Era una casa vieja. Tomás la había visitado un millón de veces cuando era pequeño, pero hacía años que no pasaba por allí y, a través del parabrisas del coche, le pareció que no había envejecido muy bien y eso que Jesús se había esmerado en el mantenimiento de ella, había vivido siempre allí y fue la casa de sus padres y su hermano y ahora era la suya.
   Tomás bajó del coche y caminó hacía la entrada, notó como la gravilla blanca que cubría el camino principal crujía bajo sus pies a cada paso y recordó como de niños él y Jesús jugaban haciendo montones con ella e imaginándose que eran castillos y luego se atacaban mutuamente. Se detuvo delante de la puerta y observó a su alrededor, una masa de vegetación envolvía la casa por completo situándola en medio de un pequeño paraíso verde.
   —No es un mal sitio para vivir —se dijo Tomás antes de llamar a la puerta.

He vuelto a hacerlo

He vuelto a hacerlo,
he vuelto a enfundarme en este siniestro disfraz de carne y hueso
buscando el escurridizo placer de sentirme hombre,
explorando en mis propias carnes el cruel sufrimiento
de caminar por las calles,
buscando las experiencias de ser un simple mortal del montón
ocupado en los quehaceres diarios de querer sentirme vivo;
soporto el dolor que produce el rechazo de mi cuerpo
a todo lo humano.
Mi vieja camiseta de Charles Bukowski.

No lo noto

No noto a Dios,
no siento su existencia,
no veo su obra por ninguna parte,
pero si que noto
a la muerte,
escucho sus pasos
en este sucio callejón de vida,
puede que Dios haya muerto
y solo quede ella
escondida entre mis sábanas,

Una bala bajo la lengua y tús manos sujetando el móvil

Una canción de los
Sex Pistols araña las paredes,
unas letras
sobre papel cuadriculado
intentan ser un poema,
dolor de espalda,
cansancio psicológico,
sabor a sangre en las encías
y ella sujetando el móvil
con sus morenas y delicadas manos.

Teresa Estévez lee "Legía" en Open Mic Poe(Tic)

Lejía

(Relato ganador del #DoReMicrosViajero de ME SUENAN TUS LETRAS de Septiembre)

Mis lumbares piden clemencia y los discos vertebrales se esfuerzan por no reventar. Todo esto no estaría pasando si la Jenny no se hubiera hecho la estrecha conmigo en la fiesta del Lucas. Todo el mundo sabe que esa maldita zorra se la chupa a todo el instituto y ahora quiere hacerse la inocente.. Pero ¡joder!, como me quede clavado en esta postura no sé como coño voy a explicárselo a mi vieja cuando llegue a casa… pero… ¡joder! Lo necesito tanto. Todos hablan de ello en clase, todos vacilan que han tenido la polla dentro de una boca, pues bien, yo la voy a tener dentro de mi propia boca, y la verdad, tampoco creo que vaya a haber tanta diferencia.
   ¡Joder! por fin la alcanzo y la verdad ¡esto está de puta madre! ¡Joder! Tengo el diafragma tan presionado que se me van a salir los pulmones por la boca en cualquier momento, pero ¡hostia!, he de reconocerlo ¡que bien la chupo! Madre mía, no sé por qué coño no explican esto en las clases de

Lorazepam

Mi olor lo impregna todo,
este sudor se pega
a la ropa,
al sofá,
a la vida,
como si tuviera voluntad propia
y ganas de joderme,
mis pensamientos desgarran
el útero de mi mente
en un parto pastoso y denso;
Yo.

Bastardo de Hank


Welsh

El olor a orina envejecida se pegaba a la boca dejando el mismo sabor que te deja ese reflujo traicionero que te sube de madrugada por el esófago quemándote la garganta. Ernesto pasó por el pasillo de aquel piso que parecía abandonado, esquivando restos de basura, latas oxidadas y ropa mugrienta lo mejor que pudo. No sabía por que hacía aquello, quizás fuese por la curiosidad de probar algo nuevo; quizás por demostrarle a Erika que no era ese niño pijo que aparentaba todo vestido de traje , quizás fuera una forma barata y caprichosa de revelarse contra todo y contra todos o quizás fuera por experimentar en sus carnes todo aquello que relataba su escritor fetiche en su libro favorito ¿Pero qué más daba? La cuestión es que allí se encontraba, siguiendo los pasos de Erika mientras le miraba aquel imperioso culo por lo que parecía, y nunca mejor dicho "el corredor de la muerte".

La hora que espanta a todas las horas, nº4

Si no aceptas que el despertador
te arranque de la cama con una sonrisa en la cara
todas las mañanas,
eres un peligro.

Si no malgastas los pocos años de juventud
en asquerosos tugurios llamados trabajos,
eres un peligro.

Si no eres capaz de meter una jodida papeleta
dentro de una mugrienta urna
llena de necesidades insatisfechas,
eres un peligro.

Chasquido

Se levantó de la cama sentándose en ella, no sin sentir antes todas sus articulaciones doloridas. Alargó el brazo para poder coger la bata que había utilizado como manta durante toda la noche, después, abrió el cajón más bajo de su mesita de noche y cogió una vieja caja de zapatos. Se levantó y comenzó a caminar con ayuda de su fiel andador, aunque llevar aquella caja de zapatos bajo el brazo no le ayudaba demasiado. Cuando iba por mitad del pasillo se detuvo un momento y con la mano que le quedaba libre se soltó los velcros del pañal que llevaba puesto, este cayó a plomo contra el suelo por el peso de toda una noche de haberse estado meando encima. Gregorio se sintió liberado, el olor a orina concentrada no tardó en invadirlo todo. Llegó jadeando al comedor y se dejó caer sobre el sofá, no era más que un viejo desnudo bajo una bata de felpa. Se colocó la caja de zapatos sobre sus pantorrillas, la abrió, sacó una foto de su difunta mujer y la besó, luego sacó su revólver y cargó las

En conserva

Y al final todo termina igual,
como esa masturbación que no acaba
como habíamos imaginado,
doy paso a días que dan paso a más días
en una continua sucesión de noches
seguidas de más noches;
la rutina se revuelve inquieta en cada suspiro,
en cada pequeña muerte de algún
sentimiento que se me olvidó
alimentar como a los peces de colores de mi niñez,
#cabrónyconciso


Un puñado de buenas manzanas

Siempre íbamos
a hacer la compra juntos.
Las cestas de plástico
del supermercado
tenían unas pequeñas
ruedas
en la parte inferior
para que
las pudieras arrastrar
tirando

Una flema en el baño

Las llaves tintinearon las unas contra las otras al abrir la puerta. Entró tirando la mochila a un lado mientras se escurría en silencio por el pasillo hasta llegar al baño. Se miró en el espejo. Se sorbió los mocos y escupió una flema sanguinolenta sobre la porcelana blanca del lavabo, observó como esta se deslizaba hasta llegar al desagüe. Se taponó el orificio de la nariz por el que más sangraba con papel higiénico y se lavó las heridas y rasguños con simple agua del grifo. El labio partido había dejado de sangrar.
   Salió del baño. Pasó por delante de la habitación de su madre, cartones de vino barato y botellas de licor generosamente esparcidas se amontonaban por toda la alfombra como un puñado de flores muertas en un suelo infértil. Su madre, cubierta tan solo por una camiseta sucia y unas bragas de un color inespecífico, dormía boca arriba mientras su abultado abdomen subía y bajaba al ritmo de su

Fragmento de Odio




(...) Noto el vómito en la boca, restos de mi última comida se pasean entre el paladar y mi lengua, pero no puedo permitirme el lujo de mostrarme débil. Me lo trago sin inmutarme. El aire es casi negro, como si la noche hubiera inundado el interior. Es entonces cuando me doy cuenta, de golpe, sin poder apreciar cómo: los cuatro seres dejan de tener cara. Sus rostros son lisos, planos, inexpresivos... todas sus facciones han desaparecido.

Miro fijamente al techo, se me escapa una lágrima de emoción, nadie se percata, el efecto de las putas pastillas amarillas debe de estar desapareciendo del todo (...)

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La extranjera

Abrió todas las ventanas del piso, había fregado el suelo y quería que se secara pronto. Se sentó en el sofá, el viento movía las cortinas en una danza preciosa pero solitaria. Se fijó como la humedad del suelo se iba secando gradualmente, como si huyera del viento y corriera para salvar su vida. Cuando se cercioró de que el suelo estaba totalmente seco, cerró todas las ventanas menos la del comedor. Era la primera vez en años que se quedaba solo en casa desde que se casó con Remedios, hace más de cuarenta años. Nunca antes había tenido la casa para él solo.
   Se paseó de un lado para otro del piso sin saber que hacer, había barrido, fregado los platos de la cena, tendido la ropa de la lavadora y fregado el suelo; nunca pensó que echaría tanto de menos el bullicio de sus hijos y los gritos de Remedios, pero al estar en pleno epicentro de aquel silencio, se sintió pequeño y sin importancia, como si las paredes del piso crecieran a lo alto sin alcanzar límite

Entrevista en Ryan Things Show


© Oscar Ryan.

Booktrailer de Cuaderno e soledades


© Oscar Ryan.

Booktrailer de Aquella noche los poemas escocían como notas de suicidio


© Oscar Ryan.

Marta

Acercó la llama del mechero al cigarro e inhaló despacio hasta que el calor empezó a abrasarle los pulmones, luego expulsó lentamente el humo mientras observaba como el poco aire que entraba por la ventana esparcía el humo por toda la habitación mezclando el olor rancio a tabaco negro con el de los fluidos corporales. Miró los dedos de sus pies mientras los movía, cortos, rechonchos y con las uñas pintadas de rosa, servían como introducción al resto de su cuerpo desnudo tumbado sobre la cama.
   Marta deslizó uno de sus dedos por el abdomen siguiendo el recorrido de una gota de sudor que, de una forma lenta y sensual, había ido a morir a su ombligo. Toda su piel se puso de gallina cuando decidió no detenerse ahí y seguir bajando hasta que sus dedos se entrelazaron con el bello de su pubis.

Mojito hotel

Tío, fue uno de esos veranos tan calurosos que el reguero del sudor de los huevos te llega hasta las rodillas, ya sabes de que te hablo, y yo estaba en aquel maldito hotel con toda la jodida familia, era verano tío, eran mis putas vacaciones y a la zorra de mi mujer no se le ocurrió otra cosa que fuéramos a aquel maldito pueblo costero a pasar un par de semanas en la playa ¿puedes creértelo, tío? yo sólo quería tirarme en el sofá con un par de buenas birras congeladas y ver el maldito partido de fútbol, un Espanyol-Barça ¿sabes lo que es eso? y no me vengas con esas gilipolleces de que no te gusta el fútbol ¿a qué coño de hombre no le gusta el fútbol? ¿o es que eres un maricón de mierda?. Bueno, la cuestión es que sin darme cuenta me encontré en una de aquellas jodidas habitaciones de hotel barato con mi mujer, los jodidos niños y hasta con mi puta suegra, joder tío, quería morirme, que si vamos de paseo, que si los niños se aburren, que si a mi madre le apetece tomar algo, que si hay mucha

El callejón del lagarto azul

Me apoyo contra la pared. Al fondo puedo ver a dos individuos de edad avanzada junto a una improvisada hoguera de basura y desperdicios. Beben de un cartón de vino y ríen a carcajadas. Sus pertenencias se amontonan en pequeñas bolsas de plástico cerca de un carrito de la compra abandonado. Los miro con atención, igual que uno de esos capullos que se esconden entre la maleza para observar a los pájaros.
   —¡Tiesa! —dice el más corpulento— La tengo tan tiesa que me va a reventar.
   —Pero si tienes casi setenta años —le increpa el otro entre carcajadas—. No se te levantaría ni aunque se te ponga delante Marilyn Monroe en pelotas.
   Los dos viejos ríen envueltos en sus harapos. El hedor agrio y nauseabundo que desprenden, llega hasta mí sin problema. Se pasan el cartón de vino y mastican restos de comida descompuesta, sacada

Viejo Julián

Me acuerdo del viejo Julián,
siempre se hacía cortes en las muñecas
con una cuchilla de afeitar
para que lo llevaran al hospital.
—No quiero suicidarme —me decía—.
Solo quiero que me lleven al hospital
para que las estudiantes de enfermería en prácticas
cuiden de mí.
Entiéndelo, yo ya tengo una edad
y esas chicas de piernas largas

Ya lo dijo Ted Kaczynski

(dedicado a Javinho Do Sousa)

—Imagínate por un momento que mañana se muda un vecino nuevo al piso de arriba. —inhala de su cigarro como si fuera el último que va a fumarse en su vida— al principio ni te inmutas, que más da tener a otra persona viviendo ahí arriba, así que no le das mucha importancia. —lo miro curioso, el percibe mi interés y se viene arriba, sigue fumando, pero esta vez lo hace de forma chulesca, dejando que el humo se escape tímidamente por los agujeros de su nariz mientras me mira a los ojos— pero un día, ese capullo, empieza a darle al taladro, pero claro, no te extraña, ese subnormal acaba de mudarse hace poco, así que piensas que es algo normal, que el pobre tiene que acabar de hacer sus cosas. Para ahí. —detengo el coche en mitad del descampado, paro el motor dirando la llave y echo el